
Hay episodios de nuestra historia que nos pueden gustar más o menos, pero están ahí, condicionándola y configurándola. La irrupción del cristianismo es uno de esos acontecimientos capitales. Fue poner el mundo patas arriba. Fue convertir lo negro en blanco y lo blanco en negro. De lo que para el imperio romano era la escoria, la nueva doctrina hizo una nueva humanidad, sobre la que construyó el mundo en que ahora vivimos, caracterizado por el principio de igualdad ante Dios, y de igualdad entre nosotros, que se ha convertido civilmente en igualdad ante la ley. Fue una doctrina que, dejando de lado a los dominadores, que ya tenían sus dioses, se ocupó de rescatar a los dominados, a los desvalidos, esclavos en su inmensa mayoría, y les dio un dios a su medida. Un dios que para devolverles a los esclavos la fe en sí mismos, se puso al frente de todos ellos, naciendo en la indigencia y aceptando ser condenado a morir como un esclavo.
Es esto lo que celebramos en la Navidad, envuelto todo ello en una bella historia:
"Cuando llegó la plenitud de los tiempos... nació Dios... hecho hombre... de lo más pobre que había... para rescatar a toda la humanidad desde abajo de todo. Si desde entonces la humanidad ha mejorado, si cada una de nosotras estamos mejor en esta civilización de corte cristiano, que lo hubiésemos estado en una de corte romano, felicité-monos
Jesús nace en
el rincón más apartado del mundo. Pero antes de ello, como si quiera partir de
lo macro para descender a lo pequeño, el evangelista Lucas nos transporta
primero a los fastuosos palacios imperiales sobre el Palatino de la ciudad de
Roma. De allí sale un decreto con la firma del emperador que ordena un censo de
los habitantes de su imperio: “Salió un edicto de César Augusto ordenando
que se empadronase todo el mundo”
Se había
dispuesto un pesebre con heno; había un buey y una mula. La simplicidad
dominaba todo, la pobreza triunfaba en el ambiente, toda una lección de
humildad. Grecizo se había convertido en un nuevo Belén. La noche se hizo clara
como el día y deliciosa tanto para los animales como para los hombres. La gente
acudía y se llenaba de gozo al ver renovarse el misterio.
Los bosques
saltaban de gozo, las montañas enviaban el eco. Los hermanos cantaban las
alabanzas al Señor y toda la noche transcurría en una gran alegría.
El santo
pasaba la noche de pie ante el pesebre, sobrecogido de compasión, transido de
un gozo inefable. Al final, se celebró la misa con el pesebre como altar y el
sacerdote quedó embargado de una devoción jamás experimentado antes.
"Francisco
se revistió de la dramática, ya que era diácono, y cantó el evangelio con
voz sonora....Luego predicó al pueblo y encontró palabras dulces como la
miel para hablar del nacimiento del pobre Rey y de la pequeña villa de
Belén".
Cuenta una
leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer
como niño y le dijo un día a Dios.
- Me dicen
que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? Tan pequeño e
indefenso como soy.
- Entre
muchos ángeles escogí uno para ti, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime,
aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
- Tu ángel te
cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
-¿Y cómo
entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan
los hombres?
- Tu ángel te
dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha
paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
-¿Y qué haré
cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te
juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que
en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te
defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré
siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando…
Juan el Bautista proclamaba en voz alta lo que sentían muchos en aquel momento: hay que cambiar; no se puede seguir así; hemos de volver a Dios. Entendían su llamada a la «conversión». Según el evangelista Lucas, algunos se sintieron cuestionados y se acercaron al Bautista con una pregunta decisiva: ¿qué podemos hacer? Por muchas protestas, llamadas y discursos de carácter político o religioso que se escuchen en una sociedad, las cosas sólo empiezan a cambiar, cuando hay personas que se atreven a enfrentarse a su propia verdad, dispuestas a transformar su vida: ¿qué podemos hacer?
El Bautista tiene las ideas muy claras. No les invita a venir al desierto a vivir una vida ascética de penitencia, como él.
Tampoco les anima a peregrinar a Jerusalén para recibir al Mesías en el templo. La mejor manera de preparar el camino a Dios es, sencillamente, hacer una sociedad más solidaria y fraterna, y menos injusta y violenta. Juan no habla a las víctimas, sino a los responsables de aquel estado de cosas. Se dirige a los que tienen «dos túnicas» y pueden comer; a los que se enriquecen de manera injusta a costa de otros; a los que abusan de su poder y su fuerza. Su mensaje es claro: No os aprovechéis de nadie, no abuséis de los débiles, no viváis a costa de otros, no penséis sólo en vuestro bienestar: «El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple. Así de claro.
¿Alguien se
puede imaginar una forma más disparatada de celebrar la «venida de Dios al
mundo» que unas fiestas en las que algunos de sus hijos se dedican a comer, beber y disfrutar frívola mente de su bienestar, mientras la mayoría
anda buscando algo que comer,
Recibamos
este grandioso día diciendo junto con uno de los mayores cantores de la Navidad
que ha conocido la historia: “Hoy la Virgen da a luz al Trascendente, y la
tierra le ofrece una gruta al Inaccesible; los ángeles y los pastores lo
alaban, y los Magos tras la estrella avanzan, porque hoy ha nacido por
nosotros, cual Niño Pequeñito, el Dios que existe desde antes de los siglos”
Una inmensa
alegría nos embarga en este día, es el gozo de Dios que nos invade y nos hace
cantar y festejar. San Efrén el Sirio habla de estos sentimientos navideños
describiendo la llegada de este día como la emoción del encuentro con un rostro
amigo: “Este día es semejante a ti; es amigo de los hombres. Regresa cada
año a través de los tiempos; envejece con los viejos, y se renueva con el niño
que ha nacido… La naturaleza no puede hacer lo menos; como tú, este viene en
ayuda de los hombres en peligro. El mundo entero, oh Señor, está sediento del
día de tu nacimiento… Por eso que este año sea semejante a ti, que traiga paz
entre el cielo y la tierra”. Celebremos esta solemnidad de la mano del
Evangelio, siguiendo paso a paso en el evangelio de Lucas la Historia de la
Navidad:
Veamos cómo
se cumple el anuncio del nacimiento.
Acompañemos a
José y María en las peripecias que rodearon el parto.
Saludemos la
navidad de Jesús junto con los ángeles y participemos en el coro celestial que
proclama la significación que el recién nacido tiene para la humanidad.
Alabemos a
Dios con la admiración de los humildes pastores, representantes de los pobres
de la tierra y marginados de la sociedad, testigos privilegiados del magno
acontecimiento.
Guardemos
como un tesoro, como el mejor secreto que decantamos en nuestro corazón, así
como lo hizo María, cada instante, cada palabra, cada signo cada rostro, cada
emoción.
esta muy bien el tema y interesante solo que intenta quitarle ese fondo tomate y se vera mas bonito
ResponderEliminargraciaas por tu comentario lo arreglare
Eliminarme gusta tu tema esta muy interesante es muy lindo
ResponderEliminarespero que te haiga gustado mucho
Eliminarespero que te haiga gustado mucho
EliminarBuen tema pero mejora el fonso esta feisimo
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